
Una posición elevada no constituye protección contra la falta de fluidez, la timidez y el engorro estando ante público o en sociedad.
Se sabe que Napoleón Bonaparte, cuando se presentaba en público, andaba con un contoneo preocupado que le ayudaba a mantener una actitud serena.
Jules Claretie cuenta lo siguiente:
Alguien que trató mucho a Napoleón II me ha contado sus vacilaciones cuando tenía que entrar los domingos en la capilla de las Tullerías para oír misa. Como sabía que le miraban, y él mismo decía a sus íntimos que dentro de un instante sería el blanco de todas las miradas de los asistentes, se estiraba, vacilaba, estudiaba sus movimientos antes de entrar, daba un paso adelante, después otro atrás, y al cabo se decidía a penetrar bruscamente en la capilla y se colocaba en su sitio.
¡Increíble! Él, emperador de Francia, atemorizado por las miradas de sus cortesanos.
Esto hace pensar si otras grandes figuras de la historia como Napoleón no serían extremadamente tímidas, lo que conlleva en la mayoría de las veces una baja autoestima.
¿Acaso esa baja autoestima mal canalizada les llevaría a esas celebres figuras a ser tan agresivos y ha escalar así tantos puestos en su sociedad? Tal vez sea así o hayan nacido ya déspotas.
Cómo siempre no es más tímido el que menos lo es, si no el que mejor lo aparenta, y que mejor forma de aparentar una carencia que hacer parecer que uno va sobrado como punto de apoyo.
Por eso en A Plena Vida siempre te decimos que si ves a un jefe agresivo, a alguien tan seguro de si mismo que quiete el hipo, piensa que debilidad tendrá para tener semejante punto de apoyo. Quien es cojo sobresale en matemáticas, algunos “gorditos” no todos, que estén frustrados con su apariencia, son muy simpáticos para compensar (aunque por dentro tienen muy mala leche) como ejemplo ahí queda eso.
Ale a reflexionar.
Foto vía: krijn